Lo que nadie nos explicó sobre hombres y mujeres

23 dic 2025

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Artículo originalmente publicado en nuestro Substack. Suscríbete y recibirás artículos similares en tu buzón de correo.

El otro día me quedé un rato mirando el Belén de mi casa. Es un Belén muy especial para mí porque lo hizo mi madre a mano y quizá por eso transmite algo difícil de explicar.

Mientras lo observaba, estuve reflexionando: José es la figura más grande, está detrás, envolviendo, creando espacio. María aparece más pequeña, más hacia dentro, recogida, y sostiene al niño Jesús dentro de ese marco. No está expuesta, no está sola, no tiene que protegerse. Está contenida. Y la vida aparece ahí, en ese espacio sostenido.

Esa imagen encarna lo que en el MAT llamamos energía masculina y energía femenina. No como etiquetas fijas, ni como estereotipos, sino como dos movimientos esenciales y complementarios de la vida. La energía masculina crea el marco, da dirección y sentido. La femenina habita el centro, protege lo valioso, cuida y da vida. Ambas energías viven en todos los seres humanos. Pero necesitan estar en su sitio para que algo florezca.

La energía masculina es la que sostiene sin invadir, la que permite avanzar con coherencia. Es la que sabe atravesar las pérdidas, reconocer el valor y abrir camino. Cuando está en su lugar, genera una sensación de orientación tranquila, de confianza en el proceso.

Cuando un hombre es “grande” no es porque controle ni porque mande, es porque encarna esa presencia serena que da perspectiva y seguridad. Su cuerpo transmite suelo, su presencia ordena, y su manera de estar invita a confiar en que el camino tiene sentido.

Desde el MAT, esa energía masculina se siente cuando hay claridad, propósito y capacidad de soltar. No hay tensión, no hay huida. Hay un “estar” que permite bajar la guardia. Que dice, sin palabras: “puedes descansar”.

Y es entonces cuando la energía femenina puede florecer. Porque la energía femenina no florece empujando, florece cuando se siente a salvo. Su movimiento es hacia dentro: hacia el cuerpo, hacia la sensación, hacia lo íntimo. Se expresa en la capacidad de cuidar, de poner límites justos y de amar sin perderse.

Una mujer florece cuando no tiene que sostenerlo todo. Cuando puede parar. Cuando su cuerpo deja de estar en alerta, la respiración se vuelve más profunda, el vientre se relaja y las emociones pueden moverse sin culpa ni juicio.

¿Qué pasa hoy en día?

Muchas mujeres viven hoy ocupando un lugar que no les corresponde, no por elección, sino por necesidad. Se han hecho grandes para sostener, para decidir, para evitar que todo se caiga. Pero en ese esfuerzo, algo esencial se queda sin espacio. Y el cuerpo lo nota: no descansa. El pecho se cierra, el cuello duele, las lágrimas se contienen.

Florecer, desde el MAT, es recuperar el permiso de sentir. Es soltar lo que no es propio y volver a lo auténtico. Es permitir que el cuerpo haga su trabajo, que la emoción encuentre su cauce natural, y que la vida no tenga que ser empujada todo el tiempo.

Y cuando en una relación o en un sistema la energía masculina no ocupa su lugar —no orienta, no sostiene el sentido, no está presente—, la femenina se endurece. Se hace estructura. Pero no porque quiera, sino porque no hay otra. Y eso, aunque a veces sea necesario, tiene un precio: el cuerpo se cansa, la emoción se confunde, y la alegría se apaga.

Volviendo al Belén: todo descansa porque cada energía está en su sitio. José no invade, no desaparece, no se pone en el centro. Sostiene el marco y el sentido. Y eso permite que María se recoja, cuide y geste la vida. Tal vez eso es lo que muchas mujeres necesitamos hoy: no hacernos más fuertes, sino poder hacernos más suaves. No controlar más, sino confiar más. No sobrevivir, sino empezar a vivir desde lo que realmente somos.


Artículo originalmente publicado en nuestro Substack. Suscríbete y recibirás artículos en tu buzón de correo.

Inspirado en la obra y el legado de Preciada Azancot (1943–2017), creadora del MAT, ciencia del ser humano.
“Cuando respetamos nuestras emociones auténticas, florece lo mejor de nosotros.”

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El otro día me quedé un rato mirando el Belén de mi casa. Es un Belén muy especial para mí porque lo hizo mi madre a mano y quizá por eso transmite algo difícil de explicar.

Mientras lo observaba, estuve reflexionando: José es la figura más grande, está detrás, envolviendo, creando espacio. María aparece más pequeña, más hacia dentro, recogida, y sostiene al niño Jesús dentro de ese marco. No está expuesta, no está sola, no tiene que protegerse. Está contenida. Y la vida aparece ahí, en ese espacio sostenido.

Esa imagen encarna lo que en el MAT llamamos energía masculina y energía femenina. No como etiquetas fijas, ni como estereotipos, sino como dos movimientos esenciales y complementarios de la vida. La energía masculina crea el marco, da dirección y sentido. La femenina habita el centro, protege lo valioso, cuida y da vida. Ambas energías viven en todos los seres humanos. Pero necesitan estar en su sitio para que algo florezca.

La energía masculina es la que sostiene sin invadir, la que permite avanzar con coherencia. Es la que sabe atravesar las pérdidas, reconocer el valor y abrir camino. Cuando está en su lugar, genera una sensación de orientación tranquila, de confianza en el proceso.

Cuando un hombre es “grande” no es porque controle ni porque mande, es porque encarna esa presencia serena que da perspectiva y seguridad. Su cuerpo transmite suelo, su presencia ordena, y su manera de estar invita a confiar en que el camino tiene sentido.

Desde el MAT, esa energía masculina se siente cuando hay claridad, propósito y capacidad de soltar. No hay tensión, no hay huida. Hay un “estar” que permite bajar la guardia. Que dice, sin palabras: “puedes descansar”.

Y es entonces cuando la energía femenina puede florecer. Porque la energía femenina no florece empujando, florece cuando se siente a salvo. Su movimiento es hacia dentro: hacia el cuerpo, hacia la sensación, hacia lo íntimo. Se expresa en la capacidad de cuidar, de poner límites justos y de amar sin perderse.

Una mujer florece cuando no tiene que sostenerlo todo. Cuando puede parar. Cuando su cuerpo deja de estar en alerta, la respiración se vuelve más profunda, el vientre se relaja y las emociones pueden moverse sin culpa ni juicio.

¿Qué pasa hoy en día?

Muchas mujeres viven hoy ocupando un lugar que no les corresponde, no por elección, sino por necesidad. Se han hecho grandes para sostener, para decidir, para evitar que todo se caiga. Pero en ese esfuerzo, algo esencial se queda sin espacio. Y el cuerpo lo nota: no descansa. El pecho se cierra, el cuello duele, las lágrimas se contienen.

Florecer, desde el MAT, es recuperar el permiso de sentir. Es soltar lo que no es propio y volver a lo auténtico. Es permitir que el cuerpo haga su trabajo, que la emoción encuentre su cauce natural, y que la vida no tenga que ser empujada todo el tiempo.

Y cuando en una relación o en un sistema la energía masculina no ocupa su lugar —no orienta, no sostiene el sentido, no está presente—, la femenina se endurece. Se hace estructura. Pero no porque quiera, sino porque no hay otra. Y eso, aunque a veces sea necesario, tiene un precio: el cuerpo se cansa, la emoción se confunde, y la alegría se apaga.

Volviendo al Belén: todo descansa porque cada energía está en su sitio. José no invade, no desaparece, no se pone en el centro. Sostiene el marco y el sentido. Y eso permite que María se recoja, cuide y geste la vida. Tal vez eso es lo que muchas mujeres necesitamos hoy: no hacernos más fuertes, sino poder hacernos más suaves. No controlar más, sino confiar más. No sobrevivir, sino empezar a vivir desde lo que realmente somos.


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Inspirado en la obra y el legado de Preciada Azancot (1943–2017), creadora del MAT, ciencia del ser humano.
“Cuando respetamos nuestras emociones auténticas, florece lo mejor de nosotros.”

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El otro día me quedé un rato mirando el Belén de mi casa. Es un Belén muy especial para mí porque lo hizo mi madre a mano y quizá por eso transmite algo difícil de explicar.

Mientras lo observaba, estuve reflexionando: José es la figura más grande, está detrás, envolviendo, creando espacio. María aparece más pequeña, más hacia dentro, recogida, y sostiene al niño Jesús dentro de ese marco. No está expuesta, no está sola, no tiene que protegerse. Está contenida. Y la vida aparece ahí, en ese espacio sostenido.

Esa imagen encarna lo que en el MAT llamamos energía masculina y energía femenina. No como etiquetas fijas, ni como estereotipos, sino como dos movimientos esenciales y complementarios de la vida. La energía masculina crea el marco, da dirección y sentido. La femenina habita el centro, protege lo valioso, cuida y da vida. Ambas energías viven en todos los seres humanos. Pero necesitan estar en su sitio para que algo florezca.

La energía masculina es la que sostiene sin invadir, la que permite avanzar con coherencia. Es la que sabe atravesar las pérdidas, reconocer el valor y abrir camino. Cuando está en su lugar, genera una sensación de orientación tranquila, de confianza en el proceso.

Cuando un hombre es “grande” no es porque controle ni porque mande, es porque encarna esa presencia serena que da perspectiva y seguridad. Su cuerpo transmite suelo, su presencia ordena, y su manera de estar invita a confiar en que el camino tiene sentido.

Desde el MAT, esa energía masculina se siente cuando hay claridad, propósito y capacidad de soltar. No hay tensión, no hay huida. Hay un “estar” que permite bajar la guardia. Que dice, sin palabras: “puedes descansar”.

Y es entonces cuando la energía femenina puede florecer. Porque la energía femenina no florece empujando, florece cuando se siente a salvo. Su movimiento es hacia dentro: hacia el cuerpo, hacia la sensación, hacia lo íntimo. Se expresa en la capacidad de cuidar, de poner límites justos y de amar sin perderse.

Una mujer florece cuando no tiene que sostenerlo todo. Cuando puede parar. Cuando su cuerpo deja de estar en alerta, la respiración se vuelve más profunda, el vientre se relaja y las emociones pueden moverse sin culpa ni juicio.

¿Qué pasa hoy en día?

Muchas mujeres viven hoy ocupando un lugar que no les corresponde, no por elección, sino por necesidad. Se han hecho grandes para sostener, para decidir, para evitar que todo se caiga. Pero en ese esfuerzo, algo esencial se queda sin espacio. Y el cuerpo lo nota: no descansa. El pecho se cierra, el cuello duele, las lágrimas se contienen.

Florecer, desde el MAT, es recuperar el permiso de sentir. Es soltar lo que no es propio y volver a lo auténtico. Es permitir que el cuerpo haga su trabajo, que la emoción encuentre su cauce natural, y que la vida no tenga que ser empujada todo el tiempo.

Y cuando en una relación o en un sistema la energía masculina no ocupa su lugar —no orienta, no sostiene el sentido, no está presente—, la femenina se endurece. Se hace estructura. Pero no porque quiera, sino porque no hay otra. Y eso, aunque a veces sea necesario, tiene un precio: el cuerpo se cansa, la emoción se confunde, y la alegría se apaga.

Volviendo al Belén: todo descansa porque cada energía está en su sitio. José no invade, no desaparece, no se pone en el centro. Sostiene el marco y el sentido. Y eso permite que María se recoja, cuide y geste la vida. Tal vez eso es lo que muchas mujeres necesitamos hoy: no hacernos más fuertes, sino poder hacernos más suaves. No controlar más, sino confiar más. No sobrevivir, sino empezar a vivir desde lo que realmente somos.


Artículo originalmente publicado en nuestro Substack. Suscríbete y recibirás artículos en tu buzón de correo.

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“Cuando respetamos nuestras emociones auténticas, florece lo mejor de nosotros.”

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